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Un refugio antes del encuentro más esperado

Hay lugares que se convierten en pequeños refugios del alma. Esta posada lo es para mí.

Cada vez que viajo a visitar a mi nieto, reservo una habitación aquí, no solo por la comodidad que me brinda, sino porque ya forma parte de mi ritual de viaje: llegar, dejar las valijas y regalarme un instante de calma antes de abrazarlo.


Me gusta sentarme en este patio, donde el silencio es amable, interrumpido apenas por el murmullo del viento entre las hojas o del agua de la fuente del patio central, y en estos rincones sencillos me preparo para uno de los momentos más felices...


Llego muy ansiosa de tanto extrañarlo, con el corazón acelerado por la emoción contenida de los días en que no estamos juntos.

Y recuerdo lo valioso que es detenerse, respirar hondo y disfrutar del presente. Porque la felicidad está hecha de pequeños momentos: el descanso después de un viaje y la expectativa de un encuentro que llena el corazón.


Y es entonces cuando comprendo que no hay nada más valioso que los lazos que tejemos con quienes amamos, y que lo esencial se encuentra en esos instantes que iluminan el alma y le dan sentido a la vida...


Al reencontrarme con él, todo el tiempo lejos, todo el silencio, todo lo vivido... se desvanece en ese instante.

Y siento, con lágrimas en los ojos, que no hay mayor milagro que este amor que me espera.

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